Me he trasladado a vivir durante dos semanas a casa de mis padres. Mi ritual nocturno sigue siendo el mismo. Entro en el dormitorio, que mi madre conserva tal como el día que me fui; igual que el ama de llaves de Rebecca hacía con la habitación de su señora fallecida, Lady Winters, en la mansión de Manderley. Así comienza el libro: "Anoche soñé que volvía a Manderley".
Le quito unas horas al sueño para escribir. Para pensar en voz alta.
Saco de mi escondite el paquete de tabaco y abro una lata de pastillas para la tos para echar la ceniza y las colillas a escondidas. Me siento en la cama y abro el portátil. (Este me lo ha prestado mi amigo Pedro Mancebo). Abro los diarios on line y se me van las ganas de escribir sobre política.
Joder, si es que no doy una. Algún día quizás pueda explicarles la razón o razones, con nombres y apellidos por las que dan ganas de escribir cuentos infantiles.
Leo hoy el dineral que se gastaba en trapos la parentela de la alcaldesa de La Muela y se me abren las carnes al pensar en la simpatía con la que me negó una inserción publicitaria hace unos meses. Lo que costaban unas gafas para la secretaria de Biel o una falda de La Martine para su nuera (la nuera de Marivi, no la de Biel). Una se siente herida y mareada al leer la cantidad de millones de euros de los que se hablan en estas operaciones de La Muela.
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